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sábado, 17 de abril de 2010

BUDA-PARADOJA-IRONIA




Sus imágenes lo muestran sonriendo,
serenamente irónico,
como burlándose de las paradojas
que signaron su vida y su después.

El Buda no creyó en dioses,
ni se creyó Dios,
pero sus devotos lo han divinizado.

El Buda no creyó en milagros,
ni los practicó, pero sus devotos
le atribuyen poderes milagreros.

El Buda no creyó en ninguna religión,
ni fundó ninguna, pero el paso del tiempo
convirtió al budismo en una de las religiones más numerosas del mundo.

El Buda nació a orillas del río Ganges, pero los budistas no suman
ni el uno por ciento de la población de la India.

El Buda predicó el ascetismo, el renunciamiento a la pasión y la negación del deseo,
pero murió de un atracón de carne de cerdo.



lunes, 8 de marzo de 2010

FRENTE A MI MISMO


—Aquí el tiempo es fluido —dijo el demonio.

Supo que era un demonio en el mismo momento en que lo vio. Simplemente lo sabía, del mismo modo que sabía que aquel lugar era el infierno. Ninguno de los dos podría haber sido otra cosa.

La habitación era alargada, y el demonio esperaba junto a un brasero humeante situado en el otro extremo. De las paredes de piedra gris colgaban multitud de objetos, objetos que no habría sido prudente ni tranquilizador inspeccionar de cerca. El techo era bajo, el suelo, extrañamente insustancial.

—Acércate más —dijo el demonio, y el hombre obedeció.

El demonio estaba flaco como un fideo e iba desnudo. Tenía muchas cicatrices, y parecía que le hubieran arrancado la piel en un pasado remoto. Tampoco tenía orejas, ni sexo. Sus labios eran finos y tenían un aire ascético; sus ojos eran demoníacos: habían visto demasiado y habían llegado demasiado lejos, su mirada hacía que el hombre se sintiera más insignificante que una mosca.

—¿Qué va a pasar ahora? —preguntó.

—Ahora —replicó el demonio, con una voz que no denotaba pena, ni tampoco deleite, tan sólo una rotunda y atroz resignación— vas a ser torturado.

—¿Por cuánto tiempo?

Pero el demonio se limitó a menear la cabeza y no respondió a la pregunta. Empezó a caminar despacio a lo largo de la pared, paseando su mirada de objeto en objeto. En el extremo más alejado de la pared, junto a la puerta cerrada, había un látigo de nueve correas hecho de alambres pelados. Con una mano en la que sólo había tres dedos, el demonio lo descolgó de la pared y volvió junto al hombre, transportando el macabro instrumento con suma ceremonia. Colocó las correas de alambre sobre el brasero y se quedó mirando cómo se calentaban.

—Eso es inhumano.

—Sí.

Los extremos de las nueve correas empezaban a adquirir un tono anaranjado.

Mientras alzaba el brazo para asestar el primer latigazo, dijo:

—Dentro de algún tiempo recordarás todo esto con cariño, incluso este momento.

—Eres un mentiroso.

—No —replicó el demonio—. Lo que viene después es peor —le explicó, justo antes de azotarle.

Entonces, las correas del látigo se estrellaron contra la espalda del hombre, desgarrando sus caras ropas, que ardían y se hacían tiras al contacto con los alambres incandescentes, y el hombre profirió un grito. Pero la cosa no había hecho más que empezar.

En las paredes esperaban aún doscientos once instrumentos de tortura y, a su debido tiempo, habría de probar cada uno de ellos.

Cuando, por fin, la Hija del Lazareno, a la que había llegado a conocer muy íntimamente, fue limpiada y colocada de nuevo en la pared en el puesto doscientos doce, entonces, con una mueca de dolor, masculló:

—Y ahora, ¿qué?

—Ahora —respondió el demonio— es cuando viene el dolor de verdad.

Y así fue.

Todo cuanto había hecho en su vida y que habría sido mejor no hacer; cada mentira que había dicho —ya fuera a sí mismo o a otros—; cada pequeño dolor que había infligido, y los grandes también... cada uno de ellos iba siendo extraído de su interior, detalle a detalle, centímetro a centímetro. El demonio le fue arrancando a tiras la piel del olvido, desnudándolo hasta dejar sólo la verdad, y aquello le dolió más que cualquier otra cosa.

—Dime qué pensaste cuando ella salió por la puerta —dijo el demonio.

—Pesé que mi corazón estaba roto.

—No —replicó el demonio, pero en su voz no había odio—, no fue eso lo que pensaste.

Se le quedó mirando fijamente con sus inexpresivos ojos, y él no tuvo más remedio que apartar la vista.

—Pensé: ya nunca sabrá que he estado acostándome con su hermana.

El diablo seguía diseccionando su vida, momento a momento, cada instante. Aquello duró unos cien años, o quizá mil —tenían todo el tiempo del mundo— y cuando se acercaba ya el final, se dio cuenta de que el demonio le había dicho la verdad: la tortura física había resultado más llevadera.

Y terminó.

Y una vez hubo terminado, volvió a empezar de nuevo. Sólo que ahora se conocía a sí mismo como no se había conocido nunca, lo que de alguna manera lo hacía todo aún más insoportable.

Ahora, mientras hablaba, se odiaba con toda su alma. Ya no había mentiras, ni evasivas, ni sitio para otra cosa que no fueran el dolor y la ira.

Estaba hablando. Había dejado de llorar. Y cuando terminó, unos mil años más tarde, rezó para que el demonio fuera hasta la pared y cogiera el cuchillo de despellejar, la pera oral o las empulgueras.

—Otra vez —dijo el demonio.

El hombre empezó a gritar. Estuvo gritando mucho tiempo.

—Otra vez —volvió a decir el demonio cuando hubo terminado.

Era como pelar una cebolla. Esta vez, al revisar su vida, comprendió que todo tiene sus consecuencias. Vio el resultado de las cosas que había hecho, resultado del que no era consciente mientras las hacía; las mil maneras en que había dañado al mundo; el mal que había hecho a personas a las que no conocía y con las que jamás se había tropezado. Era la lección más dura que había aprendido hasta ese momento.

—Otra vez —repitió el demonio, mil años más tarde.

El hombre se puso en cuclillas, junto al brasero, meciéndose levemente, con los ojos cerrados, y relató la historia de su vida, reviviéndola según la iba contando, su nacimiento hasta su muerte, sin alterar nada, sin dejarse nada en el tintero, haciendo frente a todo. Abrió su corazón de par en par.

Cuando terminó, se quedó allí sentado, con los ojos cerrados, esperando oír de nuevo aquella voz: «Otra vez». Pero el demonio permanecía en silencio. Abrió los ojos.

Se puso en pie, despacio. Estaba solo.

En el extremo opuesto de la habitación había una puerta abierta. Un hombre cruzó la puerta. Su rostro denotaba pavor, y también arrogancia y orgullo. El hombre iba vestido con ropa cara, avanzó vacilante unos cuantos pasos y luego se detuvo.

Cuando vio al hombre, lo comprendió todo.

—Aquí el tiempo es fluido —le dijo al recién llegado.

miércoles, 27 de enero de 2010

PRESENTE - AHORA


Es lo que separa el pasado del futuro.
Pero si el pasado y el futuro no son nada, nada puede separarlos.
Ya no hay más que la eternidad, que es el presente mismo.
Entre nada y nada: todo.

Es el lugar en que coinciden lo real y lo verdadero, que enseguida se separan (el pasado sigue siendo verdadero, pero ya no real) sin perderse (porque la verdad sigue siendo presente). Quizá sea el espacio mismo, donde el universo eternamente se presenta.

Estar presente es ser o devenir.
El presente dura, es decir, continúa siendo presente, sin dejar de cambiar.
Por eso existe el tiempo, que, mediante el pensamiento, podemos dividir indefinidamente entre pasado y futuro.
El presente, para el pensamiento, es lo que los separa.
Pero este presente abstracto no es entonces más que un instante sin espesor: no una duración, decía Aristóteles, sino el límite entre dos duraciones.
Lo real no carece por eso de menos límites, y es el presente mismo: la continuación indivisible e ilimitada de todo.

Hay que señalar que la memoria y la imaginación forman parte de él.
Vivir en el presente, como decían los estoicos, como dicen todos los sabios, no es vivir entonces en el instante.
¿Quién puede amar sin acordarse de aquellos a quienes ama?
¿O pensar, sin recordar sus ideas?
¿O actuar, sin recordar sus deseos, sus proyectos o sus aspiraciones?
No porque, para ello, exista algo diferente del presente.
¿Quién puede amar, pensar o actuar en el pasado o en el futuro?
Vivir en el presente es simplemente vivir de verdad: es la vida eterna, y no hay otra.
Sólo nuestras ilusiones nos separan de ella, o, mejor, sólo nuestras ilusiones (que participan también de ella) nos producen el sentimiento de estar separados.
«Mientras diferencies entre el nirvana y el samsara —decía Nâgârjuna—, te encuentras en el samsara.»
Mientras diferencies entre el tiempo y la eternidad, te encuentras en el tiempo.
El presente, que es su verdad conjunta, o su conjunción verdadera, es por tanto el único lugar de salvación.
Estamos ya en el Reino: la eternidad es ahora.

FELICIDAD - INFELICIDAD


No busques la felicidad.
Si la buscas no la encontraras,porque buscar es la antitesis de la felicidad.
La felicidad es siempre evasiva, pero ahora es posible liberarse de la infelicidad afrontando lo que hay, en lugar de inventar historias sobre ello.
La infelicidad anula tu estado natural de bienestar y paz interior, la fuente de la autentica felicidad.

viernes, 15 de enero de 2010

LA NATURALEZA DEL AMOR


de Cristina Peri Rossi

Un hombre ama a una
mujer, porque la
cree superior.
En realidad, el amor de ese hombre se funda en la conciencia de la superioridad de la mujer, ya que no podría amar a un ser inferior, ni a uno igual.
Pero ella también lo ama, y si bien este sentimiento lo satisface y colma algunas de sus aspiraciones, por otro lado le crea una gran incertidumbre.
En efecto: si ella es realmente superior a él, no puede amarlo, porque él es inferior.
Por lo tanto: o miente cuando afirma que lo ama, o bien no es superior a él, por lo cual su propio amor hacia ella no se justifica más que por un error de juicio.
Esta duda lo vuelve suspicaz y lo atormenta.
Desconfía de sus observaciones primeras (acerca de la belleza, la rectitud moral y la inteligencia de la mujer) y a veces acusa a su imaginación de haber inventado a una criatura inexistente.
Sin embargo, no se ha equivocado: es hermosa, sabia y tolerante, superior a él.
No puede, por tanto, amarlo: su amor es una mentira.
Ahora bien, si se trata, en realidad, de una mentirosa, de una fingidora, no puede ser superior a él, hombre sincero por excelencia.
Demostrada, así, su inferioridad, no corresponde que la ame, y sin embargo, está enamorado de ella.
Desolado, el hombre decide separarse de la mujer durante un tiempo indefinido: debe aclarar sus sentimientos.
La mujer acepta con aparente naturalidad su decisión, lo cual vuelve a sumirlo en la duda: o bien se trata de un ser superior que ha comprendido en silencio su incertidumbre, entonces su amor está justificado y debe correr junto a ella y hacerse perdonar, o no lo amaba, por lo cual acepta con indiferencia su separación, y él no debe volver
En el pueblo al que se ha retirado, el hombre pasa las noches jugando al ajedrez consigo mismo, o con la muñeca tamaño natural que se ha comprado.

lunes, 11 de enero de 2010

ALEGRIA

Los filósofos que han especulado sobre el significado de la vida y sobre el destino del hombre no han subrayado con la suficiente energía que la naturaleza se ha tomado la molestia de instruirnos sobre este asunto.
Nos advierte con un signo preciso que estamos alcanzando nuestro destino.
Este signo es la alegría.
Digo la alegría, no digo el placer.
El placer no es más que un artificio inventado por la naturaleza para obtener del ser vivo la perpetuación de la vida; pero no señala la dirección en que la vida está lanzada.
En cambio, la alegría anuncia siempre que la vida ha triunfado, que ha ganado terreno, que ha alcanzado una gran victoria: toda gran alegría tiene una acento triunfal.
Pero si tenemos en cuenta esa indicación y seguimos esa línea de hechos, encontramos que donde hay alegría hay siempre creación, y que cuanto más rica es la creación, más profunda es la alegría.

domingo, 27 de diciembre de 2009

NIHILISMO


El nihilista es aquel que no cree en nada (nihil), ni siquiera en lo que es. El nihilismo es como una religión negativa: Dios ha muerto, arrastrando con él todo lo que pretendía fundar: el ser y el valor, la verdad y el bien, el mundo y el hombre. Ya no queda otra cosa que la nada, en todo caso nada que tenga valor, nada que merezca la pena ser amado o defendido: todo vale lo mismo, y no vale nada.

El término parece haber sido inventado por Jacobi, para designar la incapacidad de la razón para captar la existencia concreta, que sólo alcanzaría la intuición sensible o mística. La razón, separada de la creencia, es incapaz de pasar del concepto al ser (como prueba la refutación kantiana de la prueba ontológica); sólo puede entonces pensar esencias sin existencia (al disolverse sujeto y objeto en una pura representación), y en este sentido, para Jacobi, todo racionalismo es un nihilismo. En francés, y en una acepción menos técnica, el término fue popularizado por Paul Bourget, que lo definía como «una mortal fatiga de vivir, una lúgubre percepción de la vanidad de todo esfuerzo». Pero fue evidentemente Nietzsche, prolongando la doble influencia de Jacobi y de Bourget, quien le dio sus credenciales filosóficas. La razón no proporciona ninguna razón para vivir: sólo desemboca en abstracciones mortíferas. El racionalismo, también para Nietzsche, es un nihilismo. Pero no es una corriente de pensamiento entre otras: es el universo espiritual que nos aguarda. «Lo que narro —dice Nietzsche— es la historia de los dos próximos siglos. Describo lo que vendrá, lo que no puede dejar de venir: el advenimiento del nihilismo». Estamos en ello. El problema consiste en cómo salir de él.

«¿Qué significa el nihilismo? Que los valores supremos se deprecian —contesta Nietzsche—. Ya no hay respuesta a la pregunta: “¿Para qué?”». Las ciencias, que pretendían reemplazar a la religión, no suministran ninguna razón para vivir: su culto de la verdad no es más que un culto a la muerte. De ahí esta «doctrina del gran hastío: “¿Para qué?” ¡Nada vale la pena!». Nietzsche pretendió soslayarla mediante el esteticismo, o sea, mediante el culto de la hermosa apariencia, del error útil a la vida y de la ilusión creadora («el arte al servicio de la ilusión, ése es nuestro culto»), y ése es el nihilismo actual. Sólo se puede eludir regresando a la verdad del ser, como dirá Heidegger, y de la vida, como pretendía Nietzsche, pero que no es mentira e ilusión, sino potencia y fragilidad, potencia y resistencia (conatus): deseo, en el hombre, y verdad. Lo que equivale a inclinarse más por Spinoza que por Nietzsche, más por la lucidez que por la ilusión, más por la fidelidad que por la «inversión de todos los valores» y, en definitiva, más por la humanidad que por el superhombre. «¿Qué es el nihilismo —pregunta Nietzsche— sino este gran hastío? Estamos fatigados del hombre...». Habla por ti. El nihilismo es una filosofía de la dificultad-para-gozar, la dificultad-para-amar y la dificultad-para-querer. Es la filosofía de la fatiga, o la fatiga como filosofía. Perdieron la capacidad de amar, como dice Freud de los depresivos, y extraen la conclusión de que nada es amable. Los valores sólo pierden su valor para quienes, para poder amar, tienen necesidad de un Dios. Para los demás, los valores siguen valiendo o, mejor, valen de una forma más urgente: porque ningún Dios los funda ni los garantiza, porque sólo valen en la medida del amor que nosotros les otorgamos, porque sólo valen para nosotros y por nosotros, que los necesitamos. Razón de más para servirlos. El relativismo, lejos de ser una forma de nihilismo, es su remedio: que todos nuestros valores sean relativos (a nuestros deseos, a nuestros intereses y a nuestra historia) es una poderosa razón para no renunciar a las relaciones que los hacen ser. No porque la justicia exista hay que someterse a ella (dogmatismo), ni habría que renunciar a ella porque no existiera (nihilismo), sino que es necesario realizarla porque no existe (sino en nosotros, que la pensamos y queremos: relativismo).

Contra el dogmatismo ¿qué? La lucidez, el relativismo y la tolerancia.

¿Y contra el nihilismo? El amor y la fortaleza.